Alex, El Genio Lucas, una empinada ladera cuesta arriba

Salinas, en el norte del estado de California, es una localidad de clima agradable conocida como la Ensaladera del Mundo, por sus cuantiosas cosechas de lechuga, brócoli y champiñones. Pero para el joven Alex, que pisó su estación de autobuses a los veinte años con cara de susto, parecía más bien un plato amargo.

0
*temp*

Nota publicada originalmente el 11 de marzo de 2017

El estudiante de la escuela de locutores de Elio Gómez, a punto de renunciar a los estudios, había viajado a Salinas porque estaban solicitando a un locutor “no muy bueno; nada más buena gente” en una estación de radio. El solicitante, Gregorio Esquivel, lo estaba esperando. Pero cuando vio al muchacho, sintió ganas de darse la vuelta e irse.

—Oye —le dijo a Alex Lucas—, yo pedí un locutor, no un niño. No quiero ser la niñera de nadie.

Pero algo se movió en el corazón de don Gregorio Esquivel. Aunque Lucas ya se había ido, se acordó de su cara, de cómo se veía en la estación de autobuses, y pensó: Pobre muchacho, tuvo que viajar ocho horas para llegar hasta acá. Voy a ir por él, lo voy a poner a prueba en la estación de radio y a ver qué pasa.

Veinticinco años después de estos acontecimientos, Alex “El Genio” Lucas, convertido ya en uno de los locutores de habla hispana más populares de la Unión Americana, estaba recibiendo un homenaje de Joe Gunter, el mismísimo alcalde de Salinas, California, la ciudad que lo había recibido con un gesto de escepticismo. El hecho no deja de ser irónico, considerando, en primer lugar, el recibimiento que la ciudad —famosa por ser la cuna de Sammy Hagar y John Steinbeck— le dio a los veinte años; sino también porque anteriormente Gunter fue policía, y fue también un policía el primer estadounidense con quien Alex se encontró en el país… para deportarlo. No importa a quién le cuente las historias (hispanos, anglosajones o afroamericanos), él es honesto, es trabajador, dijo el alcalde en aquella ocasión. (Su programa) llega a todo California y a otros estados; ésta es una oportunidad para que reconozcamos a alguien de nuestra comunidad que alcanza y rebasa fronteras.

Quizá para muchos ésta sea la mejor historia de alguien que logra vencer la adversidad, pero la vida de Lucas fue durante muchos años una empinada ladera cuesta arriba. Aunque nació en 1968 en el estado de Guerrero, a partir del año de edad empezó a vivir con su abuela en la Ciudad de México, hasta que su madre pudo reunirse con él cuando tenía siete años. Ahí se casó mi mamá. Vivíamos en total nueve hermanos en un cuarto donde además había un comedor y una cocina. Ahora que trato de imaginarlo, no concibo cómo lográbamos vivir así. Esa misma situación económica tan estrecha hizo que Alex tuviera que trabajar desde los ocho años. A esa edad se fue a ayudarle con su tío, Alberto Lucas, que atendía una cremería. El dueño se llamaba don Salvador, recuerda Alex; me daba cinco pesos al día. Pero un día tuvo que vender la tienda y me fui con don Baldomero a vender jugos y licuados. Aprendí muchos oficios: carnicero, hielero, pollero, a vender naranjas en los tianguis, etcétera. Así fue mi niñez, un poco difícil y complicada, pero todo me sirvió para aprender a ganarme la vida honradamente y a saber valorar las cosas. Entre todo, me marcó el infinito esfuerzo que ponía mi madre para podernos sacar adelante. Se levantaba a las cuatro de la mañana y se iba a La Merced a comprar carne; regresaba, la partía, la ponía en bolsas y se iba a venderlas a las casas; por las tardes iba con ella a buscar fruta en los basureros de La Merced, porque decía que ahí había forma de hacer dinero; desde niño me volvió violento, duro, aunque no grosero. Toda la gente que se cruzó en mi camino, don Antonio Domínguez, el señor Memo en la peluquería, el señor Alfonso, el del hielo, me decían que me querían como a un hijo; pero otros me veían como un pandillero que no respetaba tamaños ni edades. Es cierto, me junté con gente que era ratera, drogadicta, pero gracias a Dios nunca robé ni tengo vicios. Por eso cuando mi primo Amador me preguntó si quería irme con él a Estados Unidos, su papá le dijo que se iba a meter en un lío. Pero mi primo, contra todos los pronósticos, me llevó”.

Cuesta arriba

Así, a los diecisiete años se despidió de su antiguo mundo y abordó un autobús hacia la frontera norte de México. Separarme de mi mamá marcó un episodio muy duro en mi corazón. Recuerdo que me llevó a la estación de autobuses y cuando me subí, me senté y volteé a verla; ella corrió, se sentó en la banqueta y comenzó a llorar. Ahí fue donde me di cuenta de que estaba dejando algo grande en mi vida. Luego estuve un mes en Tijuana intentando cruzar la frontera. Caminamos desde las cinco de la tarde hasta la una de la mañana. La (policía de) migración nos rodeó por un cerro. Yo me fui por un lado y ya no supe qué pasó. Me quedé dormido por el cansancio. Cuando desperté no había nadie. El coyote nos había dicho que si lográbamos escaparnos, nos pusiéramos a gritar una palabra clave para saber que éramos nosotros. Empecé a gritar, pero no había nadie. Pasé tiempo en la total oscuridad, entre el temor y la incertidumbre, cuando vi que a lo lejos venía un carro. Corrí hacia él y vi que era una patrulla de migración. Adentro venía mi primo Amador. Fue la primera vez que recuerdo que lloré con ganas.

De vuelta a la escuela

Lucas llegó a Estados Unidos en 1986 bien entrenado en muchos trabajos que había desempeñado en la Ciudad de México, pero su primo le dijo que en lugar de dedicarse a mil cosas, se especializara en algo y creciera en un oficio. Le enseñó a ser disciplinado, porque yo tenía varios trabajos, en la jardinería, en un restaurant, lavando platos, cocinando. Así aprendí a ser cocinero. En 1987 trabajaba en tres restaurantes en Santa Bárbara, siempre oyendo la radio mientras andaba por la cocina. Ya desde la Ciudad de México, desde niño, tenía esa costumbre de levantarme y prender el radio. Me encantaba la música, aunque no le ponía atención a los locutores. En Santa Bárbara mantuve ese hábito; siempre que llegaba al trabajo ponía mi radio. Una noche escuché un comercial en la voz de Elio Gómez, quien me abrió las puertas de su escuela y de su vida. Decía así:

La Escuela Internacional de Locutores de Oxnard, California,
está buscando personas que quieran ser exitosas, que quieran conocer a los artistas, que quieran ganar mucho dinero y tener un buen futuro en este medio
de comunicación que es la radio.

Ahí mismo en la cocina, Alex anotó el número de la escuela y pocos días ya se había inscrito. Comenzó a asistir a clases, aunque estuvo a punto de desertar a mitad del camino. Un día el maestro Sergio Ríos se puso a hacer la evaluación de cada uno de nosotros, y decía: `Adelita: muy buena presencia para la tele. Fermín: muy buena voz para las noticias. Armando: buena dicción para estar al aire. Y Alex… Alex…. tú échale ganas. Ahí la llevas ́. Aquello me decepcionó, reconoce Lucas. Me fui a casa pensando que estaba perdiendo el tiempo. Amador me vio, sabía que era día de escuela, pero no me dijo nada, hasta que por fin no se pudo aguantar.

—¿Qué pasó con la escuela?


—Ya no me gusta.


—Pues vamos para que te regresen tu dinero.


—Nooo, así está bien.


—¡Vamos por el dinero! —amenazó

—. ¡O regresas a estudiar! Tú elige.


Y ahí voy de vuelta a la escuela, pensando: `¿Qué hago? Si no tengo presencia para la televisión, ni voz para locución, ¿qué puedo hacer? Entonces me dediqué a producir comerciales. Eso le llamó mucho la atención a la gente, entre ellos a Juan Carlos Hidalgo”. Finalmente, en 1989 llegó a la escuela de locutores una llamada de la ciudad de Salinas; alguien estaba solicitando un locutor “buena gente”. Elio Gómez recomendó a Lucas y, después del rechazo inicial, que ya es historia, consiguió por fin su primer trabajo en Radio Tigre, primero a prueba luego ya de manera oficial ocho días después. Cuando me dieron el trabajo fui a casa por mis cosas, y al llegar a Santa Bárbara les dije a mis patrones del restaurant que me iba a la radio. Me hicieron una fiesta para despedirme, algo que a nadie le habían hecho antes. Al despedirse, el administrador me entregó un sobre cerrado y me dijo que no lo abriera hasta que llegara a mi destino. En ese sobre había dinero y una carta que decía: `Aquí están 200 dólares. Si no te gusta tu nuevo trabajo, compra tu boleto de regreso, te esperamos con los brazos abiertos ́. Fue también mi primo Amador quien me llevó a Salinas en su coche y me dejó en el trabajo. Cuando ya se iba lo abracé y le dije que no se fuera”, recuerda Alex con evidente tristeza en su voz. Le dije que primero había tenido que despedirme de mi mamá, y ahora de él. Pero él me abrazó y me dijo algo que nunca olvidaré: `Alex, tú nos has enseñado que se pueden hacer grandes cosas en la vida. Éste es un trabajo diferente al de todos nosotros. Mucha gente cree en ti incluso sin haberte visto trabajar. Así que no nos defraudes y échale ganas.

Le sale el genio… y el Genio

La motivación siempre constante de su primo contó mucho, porque en 1992 Lucas fue nombrado director de programación en Radio Tigre y empezó a consolidar una carrera que iría a cada vez mayores alturas. Por aquel tiempo surgió el apodo que lo hizo famoso. Como no tenía voz para locutor, me especialicé en la producción, explica Alex. Ya en Salinas, el señor Gregorio Esquivel contrató a don Román Alfonso, un locutor de El Salvador al que le pusimos La Voz de Oro; el mismo mote lo dice todo. Don Román sabía hacer muy bien su voz y yo le ponía efectos, la vestía para que sonara impresionante. Pero cuando nos poníamos a grabar a veces lo hacía repetir hasta diez veces la misma palabra, que podía ser simplemente un “Yo”. Y lo regañaba y le decía: `¡No, don Román, así no! ¡Aplíquese! ́. Una vez que yo consideraba que había grabado bien su parte, le pedía media hora, que se saliera y me dejara trabajar. Don Román regresaba, escuchaba la producción decía: `Usted es un genio, pero por dos cosas: por el genio que se carga cuando nos ponemos a grabar, y por el genio que demuestra cuando termina su trabajo. Es increíble lo que usted hace. Para mí, usted es un genio ́. Luego, cuando empecé a trabajar en Cadena, falleció don Román, y de alguna forma quería retribuirle. `Usted con su genio puede hacer mil cosas ́, solía decirme, y yo pensé: voy a usar lo de Genio; con el apellido Lucas suena muy comercial: el Genio Lucas. Creo que quedó bien.

Extracto del libro de monitorLATINO, En la Misma Sintonía: Vidas en la Radio

Fin de la 1era parte

Agrega un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here